21 may. 2012

"Educar en la palabra", de Guillermo Sánchez Prieto

Las cosas hubieran sido mucho más fáciles para el soberano Jorge VI, que pese a su tartamudez se vio obligado a reinar tras la abdicación de su hermano, si hubiera existido este manual. Pero no es el único. Dar un discurso, hacer una exposición, presentar un proyecto, realizar un brindis familiar… todos nos vemos de una u otra forma en esta tesitura de tener que hablar ante un público, y a muchos nos angustia. Se espera que hablemos bien (pues hablamos a diario) pero, realmente, nadie nos enseña cómo hacerlo. Afortunadamente, hoy en día, numerosos manuales vienen en nuestra ayuda. Este es uno más pero no uno cualquiera.

Su trabajo lo define. Guillermo A. Sánchez, al igual que su obra, Educar en la palabra, es serio y riguroso pero también puede ser, y de hecho es, cercano y ágil. Su visión honesta narra sin pretensiones con una prosa alejada del lenguaje aséptico y se acerca con pasión a lo que a todos debería apasionarnos: Mejorar nuestra capacidad de comunicación. Comunicarse apropiadamente no es parcela reservada a eruditos, muy al contrario, ha de estar al alcance de todos, debe ser algo natural. El carácter expositivo y sencillo que caracteriza la obra no profundiza en aspectos concretos sino que abre al lector avezado las puertas en todo lo referente a la oratoria, pero muy especialmente al debate.


Educar en la palabra cumple con calidad lo prometido: “invita y enseña a debatir”. Porque, lejos de los que se piensa, el debate constituye una herramienta fundamental para el desarrollo íntegro de un buen orador. Pero no el debate como falsamente se conoce, en formatos inapropiados, sino el debate académico o reglado. El que se explica, en todas sus vertientes, en este libro. El que dota al orador de las habilidades, conocimientos y actitudes necesarias para desempeñar casi cualquier tarea en la que se requiera la palabra.

Discurso, elocuencia, investigación, argumentación… En definitiva, el autor no olvida ni razón ni emoción para acercarnos, a través del debate, al arte de la oratoria y salvarnos de ser un mero busto parlante o un demagogo.

Tres son los pilares básicos que articulan el contenido de la obra: Conocimientos, Actitudes y Herramientas. Como tres son las áreas sobre las que el lector encontrará mejoras: Cabeza, corazón y manos.

- Los conocimientos: Lo que hay que saber. La cabeza. Lo que no se conoce genera inevitablemente incertidumbre y el espacio que ocupa lo llenamos con miedos. Para debatir existen una serie de nociones y normas que conviene conocer: cómo construir argumentos imbatibles, qué es una evidencia, cómo refutar, cómo cuestionar la validez de una fuente, qué formatos de debate existen… Esta serie de saberes nos ayudarán a concebir dónde estamos como oradores, hacia donde encaminar nuestros esfuerzos y cómo lograr nuestro objetivo.
- Las actitudes: Lo que hay que sentir. El corazón. Una actitud adecuada modifica sustancialmente el discurso y la experiencia cuando nos dirigimos a un auditorio. Porque, como bien explica el autor, no es lo mismo hablar en público que hablar a un público, ni es lo mismo comunicar que comunicarse… no se trata sólo de ser diestro y erudito en la materia sino que hay que, y a esto nos ayuda el autor, convertir la oratoria en una cuestión de tripas.
- Las habilidades: Lo que hay que saber hacer. Las manos. Se ocupa también de las herramientas, de las técnicas concretas que nos van ayudar a sacar a la luz, a pulir algo con lo que todos contamos, nuestra capacidad de persuasión.

Dicen de Demóstenes, que comenzó a recitar versos en el mar para que su voz fuera más audible que las olas mismas, que llenaba su boca de guijarros para superar su balbuceo, que su persistencia y tenacidad lo llevaron a vencer las adversidades hasta convertirlo en uno de los mejores oradores de la historia.

No existen fórmulas mágicas que de repente nos conviertan en grandes oradores. Hoy, quizá Educar en la sea nuestro primer paso. El guijarro en la boca de los Demóstenes modernos. | Acceder

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