"Desde la puerta del sol", de José Manuel Gonzalo

Todas son suposiciones, pero ya percibo el desenlace. La sinopsis infinita del ayer proyectada hacia el futuro igualmente infinito.

Percibo desde lejos el desdén y el caos, donde poco a poco, entre los dedos del sueño y de los apetitos más elementales de los seres se va perdiendo el misticismo.


Me refiero: al aspecto venerable de las sementeras y los trigos y a la paradoja doméstica de la mariposa o la amapola. De cómo unos seres tan insignificantes y leves, trasladando de un lado a otro rayos de sol y pole, consiguen transformarse en pan. Me refiero al dolor olvidado y revivido. Al barro y al frío. Me refiero a la ilusión de tantos muchachos que sin pensar por un momento en el peligro se enamoran al instante de princesas. Me estoy refiriendo a Schopenhauer y a Kant. Si los seres humanos tomásemos conciencia de la catástrofe que desde el punto de vista social en algún momento y de manera ineludible se nos vendrá encima con la muerte, seguramente no estaríamos tan tranquilos, ni nos mostraríamos tan soberbios y atrevidos.

Nos pondríamos todos locos.

Por lo tanto parece evidente que existe algún mecanismo de contención, que impide que nos destrocemos la cabeza o la mente contra los barrotes de la carcel cósmica donde nos hallamos presos. Y que como si nada ocurriera, nos planteemos el diamante o el harapo, con la mayor naturalidad. | Acceder