Juan José Alcolea nos presenta en "Al borde de las siete de la tarde" la que quizá sea su obra más plena, más íntima, más reconocible.Herida y piel, forma y materia, la palabra se recoge y transforma en cada verso, en cada nueva mirada, en cada lágrima, en un juego de alternancias entre el rayo y el signo, entre la introspección y el regreso. Porque ésta y no otra es la búsqueda, éste el inicio de todas las distancias. El poemario se plantea a partir de una imagen de madurez que va descubriendo su inmanencia, su absoluta necesidad de decirse al margen del paisaje. Es, como decimos, una obra tardía que bien podría haber sido concebida como planteamiento de una poética primigenia que alumbrara trabajos posteriores. Pero no ha sido así, no se nos han dado antes estos mimbres, y es a partir de ellos, a su calor, a su embrujo, como hemos de iniciar ahora la empresa, la indagación, el hallazgo.
Al borde de las siete de la tarde se estructura en cuatro tramos y un epílogo a modo de epitafio, que funciona casi a golpe de diapasón que marcara las horas, que contara lo que aún está por venir, lo que queda sangrando entre la hierba. Juan José Alcolea maneja con soltura los metros clásicos, pero no renuncia, todo lo contrario, a la experimentación, al caligrama. Así, junto a poemas en verso blanco cargados de lirismo, encontramos otros donde la disposición tipográfica intenta sugerir otros caminos, otras interpretaciones. Pese a todo, debajo de toda esa música de fondo que podría distraernos con su tacto, queda un compás último, una lluvia de espigas, un rumor de noviembres por las venas. La poesía como posicionamiento meta poético, la misma causa en su misma búsqueda, al encuentro de su propio conocimiento. “Anoche la escuché,/ llegó despacio, abrió/ muy lentamente/ las fallebas/ y entró/ tal vez/ creyéndome dormido”. Juan José Alcolea traza aquí, en esta muerteluz de las esperas, un dolorido viaje cuasi místico al final de la noche, una fórmula que le permita de algún modo comunicarse a un tiempo consigo mismo y con los otros. Y es que el verso llegó tarde a su tristeza, tarde a su dedicación, a su palabra. Tarde, sí, es cierto, pero nunca tuvo el agua más lumbre que su boca, nunca el vuelo del ángel tan cercano, nunca la soledad tan desasida.
En Al borde de las siete de la tarde asistimos a la descomposición de un mundo que se creía firme, único, absoluto; un mundo, el universo interior del poeta, que se fragmenta al norte de la duda, en la certeza de su propia deconstrucción. Pero tal vez sea esta una forma excesivamente simplista de acercarse a este libro, tal vez estemos dejando de lado una mayor profundización meta poética que - repito - es, de alguna manera, el hilo conductor de este poemario. La poesía se personaliza, se hace carne, cuerpo, vida. Es un ente tangible y omnipresente - al menos así se nos muestra a través de los ojos del autor - una realidad precisa e irrenunciable. Se trata de una concepción cuasi panteística, donde la palabra fuera el único dios, el único asidero, la única norma; premio y castigo, presencia presentida y voraz, ese tú lacerante, inhóspito, deseado, que se queda temblando al borde del misterio, que grita, “la luz desconcertada”, por si aún ardieran lunas al fondo de la lluvia.
Con la palabra como referente, objeto y sujeto de su mirada poética, Juan José Alcolea recoge toda la tradición lírica para recrearla, que es crearla dos veces, para reinventarse desde una realidad recién nacida que le estalla en los labios.”.
Acompañemos al hombre en su viaje, demos noticia al agua y los peces. Es ya el tiempo del sol y de la escucha, de incendiar las esquinas y su afasia; tiempo de atardecer las voces, de amontonar hogueras al sur de los escombros, al otro lado de todos los disfraces. Algo tiembla en la luz y a su deriva, una parte del mar sobre los huesos. Al final del camino, “¡qué ruido de carcoma en las cuadernas!". | Acceder