Con una eclosión que parecía impensable hace unos pocos años, pero siguiendo una moda totalmente consolidada en Estados Unidos, Inglaterra, Italia y Alemania –por poner solamente unos ejemplos–, el tuning (expresión inglesa que significa “afinar”) nos ha llegado con la misma pujanza que tiempos atrás tuvo el bricolaje. Tanto es así, que existen ya más revistas dedicadas a esta pasión que a las genéricas que hablan del automóvil y los nuevos modelos. Y es que el mundo del vehículo personal (carro o coche, según el país donde nos movamos) evoluciona a pasos agigantados, no solamente en cuanto a perfeccionamiento mecánico si no, más importante incluso, a la valoración que de él hacen sus usuarios. Ya empiezan a quedar atrás esos tiempos en los cuales para la mayo-ría de las personas el automóvil era solamente algo que les transportaba, al que no había que dedicar más atención que echarle combustible y quizá, cambiarle el aceite. La mayoría de los usuarios “presumían” de no entender nada de motores, y a quienes dedicaban su tiempo libre a cuidar su vehículo les criticaban duramente. “El coche está para servirte –decían– no para que tú le sirvas a él”.Pero los tiempos han cambiado y los usuarios ya perciben que si quieren disfrutar del coche deben cuidarle y que, además, dedicando tiempo al mejoramiento de su vehículo también se logran grandes satisfacciones personales. La pasión por nuestro vehículo sería equiparable, por ejemplo, al entusiasmo por el aeromodelismo o la pintura, pues de ambos hobbys ha cogido parte de su esencia. Cuando personalizamos nuestro coche y miramos el resultado final, nos sentimos plenamente orgullosos y no podemos evitar enseñarlo a quien desee verlo.
